sábado, 19 de noviembre de 2016

APISONADORAS

¿Cómo se llaman esas maquinarias pesadas que se utilizan para asfaltar las carreteras? Ésas que allanan el terreno aplastando a su paso las piedras...Ésas cuya función es facilitar el tránsito futuro a través de un arduo trabajo de alto coste y gran esfuerzo.

¿Una apisonadora?

Mari Dulce era una apisonadora.

Una mujer de cuarenta y muchos, con aspecto amable y paso firme, de las que pisan fuerte. Casada con alguien que parecía ser nadie y con dos hijos que eran mucho pero se creían poco.

Mari Dulce, haciendo honor a su nombre, era una mujer de rostro angelical, que no entonaba demasiado con sus movimientos algo toscos y una actitud resuelta en exceso, como sobreactuada. Una especie de contradicción andante. Una paradoja, si lo preferís.

Ese tipo de personas que parecen decir una cosa pero hacen otra.

Su historia familiar explicaría más tarde esa forma de funcionar arrolladora, y su predisposición frenética a adelantarse a los deseos de los demás para ofrecer la más exagerada de las ayudas. Al acecho de cualquier oportunidad para mostrarse servicial (que no servil).

Tanto ofrecimiento en apariencia desinteresado pudiera parecer honorable y gentil, si no se observa con detenimiento.

A la buena de Mari Dulce le movía un gran corazón, no cabe duda. Su interés por los otros era grande. No obstante, su necesidad de sacrificio demostrable era aún mayor, de ahí que se anticipara a ofrecer favores, incluso cuando no eran necesarios. Es más, a menudo no sólo no eran necesarios sino que eran inoportunos. Aún así, al adelantarse a la petición de ayuda, ponía a los otros en situación deudora.

Y ya se sabe que cuando uno se siente en deuda, busca saldarla, pero...¿y si no le dejan? Pues se crea una deuda perpetua.

Nuestra protagonista era experta en endeudar a la gente sin darse cuenta.

Reconoceréis a los deudores por su sensación culposa: “Es que me sabe mal decirle eso porque como lo hace de buena fe” “siempre está atenta a hacerme un favor aunque no se lo pida”

Y van creando a su paso más culpa que agradecimiento, lo cual les proporciona un inmenso poder.

Son apisonadoras: Allanan terrenos, es lo que saben hacer, sin darse cuenta que no todos los terrenos deben, necesitan o desean ser allanados.

Nuestra Mari Dulce se entrometía en las vidas ajenas apropiándose de ellas sin ser muy consciente. Escudada en una labor de ayuda y buena fe usurpaba el derecho de cada cual a decidir, negándoles la posibilidad de SER.

“Yo sé lo que necesitas. Ya lo hago yo por ti” era su mantra. Lo repetía a todos sin excepción, a sus hijos también. Entenderemos ahora que adelantarse al otro sin preguntar, no es ofrecer sino imponer. Una forma de sobreprotección, que lejos de proteger más y mejor, desprotege, invalida y niega. Una bomba que implosiona en el otro estallando de dos formas: con rebelión o con sumisión.


La primera hiere, la segunda mata.


Y es que hay dulces que amargan.







miércoles, 12 de octubre de 2016

JUGANDO CON LA COMIDA

LA COMIDA, eso con lo que  SÌ se juega.

Un bien preciado que en lugar de honrarlo con el mejor de los cuidados, a menudo se desprecia o se castiga su disfrute.

La comida mueve el mundo, por carencia o por excedencia. Una necesidad básica convertida en lujo innecesario o en sobrealimentación ostentosa. Un despropósito digno de locura.

Vivimos en un mundo obsceno, en el que medio mundo se muere de hambre y el otro medio está hambriento por morir.

La extrema delgadez y la obesidad se reflejan en el mismo espejo, pero la comida no sólo sirve para tragársela o escupirla. Se juega con la función que se le otorga, que es múltiple y dispar.

Fascinante el doble uso que hacemos de ella: la usamos por placer, para regalar/nos... y para castigar/nos, también.

De niños se nos regala “tu comida preferida”, “el pastel de cumpleaños” “los caramelos si te portas bien” y a la par se nos castiga con “te quedas sin postre si te portas mal”y “si no te comes la verdura, no hay Play”

De mayores nos sofisticamos en la gratificación y en el castigo, aunque en esencia seguimos haciendo lo mismo: Nos deleitamos con suculentos manjares, nos regalamos comidas exóticas en maravillosos restaurantes, ofrecemos nuestros mejores deseos en una caja de bombones, obsequiamos los buenos gestos con un “yo te invito”, y a la vez, como en una esquizofrenia intratable, nos castigamos con dietas restrictivas privándonos de placer o calmamos la ansiedad con incesantes picoteos, saboteamos comidas familiares, mostramos enfado criticando el plato que nos sirven, o aún mejor, mostramos nuestro poderío dejándolo intacto como muestra irrefutable de nuestra resistencia pasiva.

¿No es maravilloso el uso ambivalente que hacemos de la comida?

La usamos para seducir, para dar las gracias, para celebrar, para negociar, para exhibirnos, para reconciliarnos, para despedirnos y también para robar el placer de su disfrute, la forma más perversa de castigo.

Entonces, ¿Podríamos concluir que usamos la comida para todo menos para alimentarnos?

Fascinante.












domingo, 2 de octubre de 2016

MEDITEMOS...


“Soy tan inútil que no sé abrir mi plexo solar, ni invocar al poder Universal, ni hallar las sincronizaciones que los astros me envían, ni tampoco sé vivir en el estado zen de conciencia, ni consigo sanar mi ansiedad por más autoafirmaciones que me hago, ni por más mantras que cante..¡Pero si ni siquiera me relaja pintar mandalas! Me acuso de imbécil, de incapaz, de no saber hacer lo que está en mi mano hacer”

Ésta es Marifé, nuestra protagonista. Una mujer de treinta y muchos, que a pesar de su inteligencia no puede encajar las vicisitudes de la vida sin un “yo atraje esto”.

Llegó a consulta después de muchos “intentos alternativos para sanar”, aunque no estaba enferma.

Facebook la sedujo en su bombardeo constante de recetas mágicas para despertar su yo interior, el Ser espiritual que se conecta con el Todo. Anuncios de retiros sanadores, promesas de expansión de la mente, gurús conocedores de la Verdad del Universo, y un sinfín de blogs prometedores de la Felicidad-está en tu mano-en sólo 10 pasos.

Era fácil dejarse seducir. Es de idiotas no hacerlo cuando la promesa es el Éxtasis, el Paraíso en la Tierra.

Devoró libros, acudió a conferencias sobre “Atrae abundancia a tu vida” y “Aprende a soñar en grande”. Asistió a grupos varios y finalmente, se deprimió. Y para ser sinceros, me sorprende que no se hubiera deprimido antes.

La promesa de lo fácil, cuando no surte efecto, facilita culparse por inepto. Y eso es lo que le ocurrió a Marifé.

Si todo lo que te ocurre (bueno y malo) depende únicamente de tu poder para invocarlo (consciente o inconsciente) y tu vida no es maravillosa en todos los ámbitos, da por seguro que eres un auténtico fracasado. Un idiota, para ser más exactos. Y así se sentía Marifé, cuyo nombre la esclavizó más de lo deseable.

Y es que la fe mueve montañas...montañas de dinero.


Vivimos en este presente incierto, un terreno abonado para las Marifés, donde la responsabilidad y la culpa, se dan la mano.

La espiritualidad mal entendida va acompañada de multitudes, de extravagancias y pomposidad cuántica, se adorna con pseudociencia, con turbantes y túnicas, con búsquedas no encontradas y con encuentros muy buscados.

Demasiado ruido para meditar bien.







domingo, 25 de septiembre de 2016

"DE TAN BUENO, TONTO"

“De tan bueno, tonto”. Probablemente sea una de las mentiras más dañinas que el ser humano haya inventado.

Escudarse en la bondad para justificar el daño es una tendencia natural en los seres humanos porque buscamos librarnos de nuestra incompetencia como personas honestas, generosas y valientes, cuando lo que de verdad nos dibuja es el egoísmo, la pasividad y la cobardía.

Ésta es una frase nacida para tal fin.

Si algo sabemos hacer bien las personas es sacudirnos la propia responsabilidad bajo múltiples excusas, de las cuales en mi opinión, la más deleznable y mezquina es la que se pronuncia bajo las palabras “esto me pasa por bueno”, en lugar de “esto me pasa por cobarde”.

Son cosas distintas que se parecen poco.

Si observamos con detenimiento a personas que se parapetan bajo esta mentira, veremos el enorme beneficio que les reporta. Esconderse bajo una etiqueta amable, les permite acomodarse bajo la protección de otro, que asuma la acción que éstos esquivan. Y también los errores, claro, porque ¿el que nada hizo de nada es responsable, verdad?

 Pensemos.

No hacer nada por miedo o cobardía, ¿te exime de responsabilidad?

Existen parejas en los que uno de ellos es el “pobre, de tan bueno, tonto”, que aguanta humillaciones, ataques impertinentes o maltrato en cualquiera de sus variantes, y es curioso como suele gozar de la compasión de los otros. Sentirse “el bueno” de esa ecuación debe compensar el continuo atentado contra la propia dignidad. O no...No lo sé. Lo que sí sé es que de ningún modo esa actitud pasiva y permisiva es algo que tenga que ver ni remotamente con “La Bondad”. El desprecio por uno mismo no es bondad, la cobardía no es bondad, la pasividad no es bondad.

En mi opinión, esta actitud se regodea en la autocompasión complaciente. La tiranía del “débil” se oculta tras la falsa fragilidad...¿o falsa bondad?

Evitar vivir la vida sin atreverse no es honrado ni benévolo, sino todo lo contrario.

“Es que por no hacer daño se calla...de tan bueno, tonto...pobre”

Entonces, ¿Es la Asertividad una actitud insolente, propia de mala gente?

Seamos buenos y valientes, no tontos y cobardes...








jueves, 15 de septiembre de 2016

BUENAS FRASES PARA UNA MALA VIDA

Podría decir que son frases que no desearía escuchar en terapia, sin embargo, es buena cosa que aparezcan, porque señalan el camino por el que hay que transitar. Así que cada vez que oigo alguna de éstas, la tomo en consideración. Algo así como la hebra de la madeja de la que conviene tirar.

  1. “Más vale malo conocido que bueno por conocer”.

Ésta encabeza la lista de las más pronunciadas y es el pasaporte seguro para una vida infeliz.

Así que animo a todos los que deseen habitar una vida vacía de experiencias interesantes, a los resignados, a los que rehuyan de nuevas posibilidades que pudieran llevarles a algo mejor, a los que prefieren mal vivir a vivir bien, a todos ellos, les animo encarecidamente a que se aferren a esta frase y la hagan suya. Pero atención, que la fugaz ilusión de un “A la mierda! ¿y por qué no? ¡Voy a intentarlo!” no les haga tambalear su fuerte convicción. Un segundo de duda podría resquebrajar toda una vida de una fe inquebrantable...y no queremos eso.

  1. “No sé lo que quiero pero sé lo que no quiero”

Bueno, ésta rivaliza con la anterior en la lucha por el puesto de honor en el ranquing. Lo que más llama la atención no es la absurdez de la frase en sí, sino el tono solemne que suele emplearse para soltarla, acompañado de una mirada intensa, enigmática, profunda...

Tal frase merece ser respondida con otra de igual calado: “¿Pues irás muy lejos sabiendo dónde no quieres ir?”

Es una frase que debería hacer suya cualquier persona que desee dar un cambio en su vida de 360º, o sea, girar sobre sí misma para quedarse igual. Parece fácil, pero requiere mucho equilibrio esta acrobacia, porque supone resistir la tentación de “no hacer nada”, para adentrarse en el loco atrevimiento de “pasar a la acción”, con el consabido riesgo que esto entraña: ¿Y si descubro lo que sí quiero?


3. “Quiero que salga de él (o de ella)”



4. “Yo soy así”

Pues deja de serlo.

Esta frase en realidad está diciendo: “soy un tipo rígido, si me doblo me rompo. Que sean los otros quienes se adapten a mí. Esforzarse no va conmigo. Exigir a los otros esfuerzo, sí.

Es una de las frases más estúpidas porque ¿hay alguien que no sea como es?

Para acabar este post, sería justo que también citara algunas de las frases que se oyen en terapia y que son verdadero motor de cambio, frases que indican valentía, fortaleza y una sana motivación por cambiar aquello que produce malestar o insatisfacción vital.

Pero no lo voy a hacer, porque más vale malo conocido que bueno por conocer...¿o no?


sábado, 6 de agosto de 2016

SILENCIOSAMENTE INSOPORTABLE

Decía que se llevaban bien porque no discutían jamás. Palabras peligrosas las que se callan. Más aún las que dibujan indiferencia en su pronunciado silencio.

Las palabras nos unen y nos separan, nos inquietan, nos aturden, nos sorprenden, nos emocionan, nos entristecen, nos deleitan, nos irritan y también nos matan, sobre todo, las que no han sido dichas o las que fueron ignoradas.

Decía William James que no hay mayor regalo en la vida que la atención recibida por otro ser humano, algo así como la constatación de la propia existencia.

Y Teresa de Calcuta atendiendo a los desatendidos, decía: “No hay peor enfermedad en el mundo que no ser nada para nadie”, una prueba irrefutable de la insoportable invisibilidad del ser.

Cuando el otro atiende cuidadosamente a nuestras palabras, nos sentimos no sólo escuchados, sino respetados y tomados en cuenta. Visibles. Una forma de existir perteneciendo a algo más grande que uno mismo. Eso, a mi entender, son las relaciones. Lugares construidos para habitar en ellos de forma activa, dando y recibiendo, atendiendo y siendo atendidos, con generosidad recíproca.

No era así como “habitaban” Martín y Esperanza, una pareja joven, que rondarían los treinta y pocos. Padres de dos hijos en edad escolar y dueños de una vida que pudiera parecer apacible, si entendemos como tal, la ausencia de discusiones, aunque la realidad describía más bien una perturbadora presencia de silencios.

Cuando Esperanza llegó a consulta no le salían las palabras, pero sí las lágrimas. Su historia, también la historia de muchos, ya la había oído otras veces.

Martín era un hombre reservado, más bien frío, que lejos de expresar lo que pensaba o sentía acerca de cualquier cosa, se mantenía callado, aún cuando su mujer le preguntaba.

Habían pasado por situaciones dolorosas que hubieran requerido abrazos compartidos y muchas palabras, palabras de esas que escupen pena y limpian el alma, palabras cortas y palabras largas, palabras impronunciables y palabras mágicas, palabras y más palabras, benditas y necesarias palabras. Pero no se dijeron y se perdieron en la Nada.

Esperanza buscaba inútilmente que su marido le hablara, obteniendo en el mejor de los casos un apático y vago “No sé”. Sus esfuerzos por conseguir otra respuesta eran contestados con un silencio instigador. Y no era enfado, no, más bien desaire, un gesto impertinente que por callado subía de tono. Un desprecio palpable que no invierte en palabras.

El silencio punitivo es castigador. Más incisivo que un cuchillo y más mortífero que un grito.

Hubo un día que Esperanza desafío a su buen nombre y dejó de esperar, y milagrosamente a Martín le salió voz.

Lástima, dijo ella, que tú llegues cuando yo me voy. Y esas fueron sus últimas palabras.





viernes, 29 de julio de 2016

LA ERÓTICA DE LA DIFERENCIA


Siento fascinación por las similitudes y las diferencias. Me gusta “unir puntos” buscando el patrón que les dé forma. Algo así como trazar líneas imaginarias entre ellos descubriendo una figura sobre el vasto fondo.

Lo curioso es que cuando atiendes a lo diferente, observas que se acaba asemejando a otro igualmente diferente, y por tanto, uniéndose a él como similar. Entonces me cuestiono lo auténticamente distinto, aunque puedo percibir las similitudes diferentes y las diferencias similares.

Estoy hablando de tipos de personas, de cosas, de objetos que se asemejan o difieren entre sí, hablo de ideas que parecen distintas pero no lo son, hablo de prejuicios que por distintos que sean, tienen en común que lo son, hablo de ideas preconcebidas, hablo del ser humano y de su confusión en el modo de “ordenar el mundo”.

Básicamente ordenamos el mundo en dos categorías: similar o diferente. Aunque no atinamos mucho en “encasillar” correctamente, quizás, porque buscamos diferencias donde hay similitudes. A eso me refiero.

Lo gracioso del asunto es que nos enzarzamos en una incesante búsqueda de la diferencia en lugar de atender a lo que nos une. En el plano individual, las personas suelen desear “destacar” sobre el resto, mostrar su identidad única y “sobresaliente”, saberse reconocidas, admiradas y señaladas como “especiales y distintas”.

Honestamente, lo somos. Cada ser humano es único e irrepetible, sin embargo, buscamos insistentemente ese reconocimiento en los demás. ¿No es extrañamente absurdo?

Luego, siendo genuinamente distintos, obramos de forma similar en lo erróneo: mucho patrón de repetición y poca originalidad. Nos dejamos conducir por los prejuicios aprendidos, por los aprendizajes condicionados, por las experiencias vividas que interpretamos según nos enseñaron, por las ideas preconcebidas acerca de lo que se supone debemos hacer en la vida, cómo comportarnos, qué sentir, qué pensar...Aceptando como Verdad lo que sin duda no lo es. Sin cuestionarnos, repitiendo mecánicamente lo que hemos aprendido.

Probablemente ésta sea nuestra miseria, ¿y quizás sale de ahí ese ansia por “destacar”? ¿A quién beneficia? El anhelo por “la diferencia” ha sido el germen de muchas batallas, pero también la suerte de grandes logros.

La erótica de la diferencia es el deseo de ser “oveja negra”, por distinta, no por oveja...

Pero son tantas las pretendidas ovejas negras, que juntas forman un enorme rebaño, por tanto, podríamos decir que es una multitud que se une en la similitud de querer ser diferentes.

Paradojas del ser humano...


sábado, 25 de junio de 2016

¿QUIÉN PAGA LOS PLATOS ROTOS?

A menudo me sorprendo recordando algún refrán o expresión popular al observar cualquier escena de la vida cotidiana. Acto seguido y como un resorte, me viene a la cabeza el término acuñado por la Psicología para explicar lo observado. Sonrío pensando en cómo nos gusta "redefinir" las cosas, "rebautizarlas", decir lo mismo con palabras diferentes que puedan sonar más serias. Es gracioso..En definitiva, plagiamos lo que ya existe y lo disfrazamos de original. Además nuestra naturaleza nos empuja a clasificarlo todo, a encasillarlo, a ordenar hasta donde no hay desorden. Hacemos complejo lo simple y difícil lo fácil. Somos extraordinariamente sencillos, que no sencillamente extraordinarios.



Quedémonos, de momento, con esta expresión popular “Pues si estás enfadado con él, no lo pagues conmigo”

o como dirían los psicólogos más refinados “Estás desplazando tu ira hacia el objeto equivocado”


Expresiones como éstas me vinieron a la cabeza hace un par de semanas, cuando presencié una escena que me conmovió, más por los ausentes en esa historia que por el personaje que la relataba.

Caminaban delante de mí dos hombres de unos cuarenta años. Uno de ellos, visiblemente exaltado, le cuenta al amigo en un tono altamente agresivo, lo indignado que está con su padre, y acto seguido le narra lo ocurrido, que me limitaré a transcribir tal cual oí:

“¡Será hijo de puta, mi padre! Pues no me grita que deje de pegar a mi hijo, que si le sigo dando lo voy a matar! Y yo le grité: ¿Que deje de hostiarlo? No te gusta que pegue a tu nieto, ¿eh? Ahora protestas, ¿eh? Pues cuando me pegabas a mí esas palizas, no te quejabas, ¿verdad? Pues ahora te jodes!”

Y prosigue diciéndole al amigo: “Pues como veo que le jode, más le voy a pegar delante de él!”

¿No es ésa una escena tremenda?

El hijo castiga a su padre maltratando a su propio hijo, porque ha descubierto que eso le hiere. El resentimiento de un hijo hacia su padre lo paga el nieto. Ha habido un desplazamiento del dolor y de la rabia que no pudo ser resuelto en su día con los protagonistas verdaderamente implicados. Y ahora el nieto sufre las consecuencias, porque cuando las cuentas no se saldan, quedan facturas pendientes que buscaremos cobrar, aunque sean otros quiénes las paguen. Habremos hecho una “imposición en diferido de la deuda" que heredarán quiénes no la contrajeron. Y pagarán intereses de demora, que no nos quepa la menor duda.

Este patrón puede seguir repitiéndose por generaciones ya que siempre habrá alguien que “pague los platos que otros rompieron”.

Ese hombre al que oí relatar su historia con amargura y resentimiento, estaba ciego. No podía ver que lo que no quiso para sí cuando era niño, ahora se lo estaba entregando a manos llenas a su hijo. O dicho de otra manera, lo que deseó para sí, se lo negó a su hijo.

A menudo “pagan justos (o inocentes) por pecadores”, dice el refrán...

o como dicen los psicólogos "a menudo las tensiones familiares se canalizan a través del chivo expiatorio"

lunes, 6 de junio de 2016

HIJOS A PERPETUIDAD

Mucho sufrimiento debe encerrar un destete, cuando hay madres que se resisten tanto, así el bebé ronde ya los cuarenta. Hijos que sin haber llegado a adultos, ya lucen canas y permanecen niños.

Este es el caso de Rosaura.

Rosaura era la hija mediana de una familia acomodada. Disfrutó de los privilegios de una buena vida, si se entiende como tal, vivir a gastos pagados sin reparar en ello.

La madre, una mujer de armas tomar, ejercía el control supremo en la familia. Se le reconocía ese poder obedeciendo a sus demandas sin ninguna resistencia. Así pasaron los años y así creció Rosaura, atendiendo a cada petición de su madre, con obstinada diligencia. La madre, una buena central de operaciones, coordinaba la vida de sus hijas con absoluta dedicación.

Las hijas asumían su papel con aparente entusiasmo, incluso podría decirse que hasta con incuestionable aceptación.

Rosaura aprendió a ceder el poder de su vida a su querida madre, que le ahorraría el tedioso esfuerzo de tener que hacerlo ella misma. Tomar decisiones sobre qué estudiar, dónde veranear, o incluso cómo disponer de los fines de semana era un trabajo que delegaría en su madre. Y ésta, en su infinita bondad por facilitar la vida a la familia, disponía de la entera organización de las agendas de todos sus miembros.

La cosa empezó a torcerse cuando “la niña” se casó, y eso que el muchacho había pasado todos los filtros de la aprobación materna. Parecía un buen chico pero pronto se descubrió la verdad. El recíén llegado venía de un mundo tan extraño como hostil, en el que los padres respetaban el crecimiento natural de sus hijos, permitiendo e incluso alentando, su propia autonomía. Algo así como educar en libertad. ¡Habráse visto semejante dejación de responsabilidad materna! Refunfuñaba la buena de la suegra.

Los encontronazos fueron en aumento al llegar el primer bebé, porque no era el hijo de sus padres, sino el nieto de su abuela. Quede clara la diferencia...

Marcelo, el marido de Rosaura, batallaba en solitario, su derecho a ser marido y padre. Su esposa, más hija que madre o pareja, se dejaba arrullar por los mimos de mamá, mientras apartaba a codazos al incordio del marido, empeñado en reclamar su sitio. Imposible ir a la par en un matrimonio de tres.. Los triángulos, como el de las Bermudas, son peligrosos. Algo se pierde en ellos.

Cuánto más reclamaba Marcelo, más se oponía Rosaura. Y así se enredaron en un baile de malos pasos. Él resentido con la suegra. Ella defensora de su madre. Y la madre-suegra sin entender cómo tan dulce parejita acabó así...

“Con lo bien que se les veía”, decía atónita.











martes, 12 de abril de 2016

EXIGENCIA PARADÓJICA (pidiendo imposibles)

Hacemos cosas extrañas, en serio. Me fascina nuestra capacidad para el absurdo. Estamos entrenados en eso, y lo curioso es que no tenemos conciencia alguna.

A menudo acuden a terapia padres indignados con sus hijos, o parejas desesperadas, cuya queja suele ser: “Yo quiero que Fulanito haga X, pero además quiero QUE SALGA DE ÉL

Y los más soñadores añaden: “Y que lo haga con alegría, porque le apetezca, no porque se lo pido yo”

¿No es extraordinario? Analicemos el absurdo “que salga de él”

En el momento en que EXIGIMOS algo, ya estamos impidiendo su ESPONTANEIDAD. Por tanto, “que salga de él” es una petición de imposible ejecución.

Es una paradoja. Un absurdo. Una trampa.

Si pretendemos que el otro haga de forma voluntaria y espontánea lo que NO hace de forma voluntaria y espontánea, ¿no estamos pidiendo un imposible y castigando su incumplimiento?

Entonces el resultado no puede ser otro que la impotencia por parte del exigido, que no podrá cumplir la exigencia y la frustración por parte del exigente, que se sentirá “desoído”..Un cul-de-sac, vamos. Persistir en esta dirección es invertir en desazón y resentimiento. Es perderse en pretensiones.

Veamos este lío más de cerca:

¿Te nace a ti lo que no te nace?

Es decir, no nos contentamos con que el otro, atendiendo a nuestra petición y con demostrado esfuerzo, haga aquello que no le place (o no le nace), sino que ¿exigimos que le “nazca”? ¿No es de locos esa exigencia?

Quizás lo que “el demandante”en realidad esté queriendo expresar, probablemente sin siquiera ser consciente de ello, sea algo así:

Querido Fulanito, quiero que hagas X (algún imperativo intransigente) sin que yo tenga que pedírtelo, porque no soporto sentirme mal (culpable) por forzarte a hacer algo que sé que no te apetece (o simplemente tu naturaleza no te permite hacer), pero que sin embargo, insisto en que hagas.

De modo que deseo me liberes de esa desagradable sensación y la única manera posible es que me complazcas cumpliendo mi fantasía, y lo hagas no sólo sin rechistar, sino además sintiendo de corazón el fervoroso deseo de hacerlo. Pero recuerda: nada de esfuerzos. Necesito ver que sale de ti de forma natural, con una innata disposición, sino no me sirve.

Y desde luego, espero que puedas reconocer el sufrimiento y sacrificio al que me sometes por tus reiteradas negativas a sentir y a hacer lo que yo te exijo.



Obviamente no hay mala fe detrás de este absurdo, sólo unas ganas infinitas de que las cosas (y las personas) sean como nos gustaría que fueran...pero la realidad es terca y muchas veces se resiste a nuestros deseos.



(la viñeta como no, de El Roto)

sábado, 19 de marzo de 2016

PROCRASTINAR EN PAREJA (llegando tarde)

Mario acudió a terapia con una demanda muy clara: “quiero cambiar algunas cosas en mi forma de ser porque sino la perderé”

No es extraño oír algo así en consulta. A menudo obedece a un “despertar tardío”.

Cuando la motivación para el cambio no proviene de uno mismo sino que es fruto de un ultimatum lanzado por la pareja, probablemente hace ya largo tiempo, entonces, el pronóstico suele ser poco halagüeño.

Sorprende como los adultos imitamos más de lo deseable el comportamiento infantil que hace años legitimó nuestra conducta. Es propio de los niños buscar excusas, simular estar enfermos para evitar ir al cole o posponer indefinidamente los deberes. Sin embargo, muchos adultos parecen no haber superado esta fase de evitación, que a día de hoy llamamos de un modo más sofisticado, procrastinación, que no es otra cosa que posponer una y otra vez las tareas o responsabilidades que solo a nosotros nos pertenecen.. Buscamos formas extravagantes para justificar nuestra dejación, atribuyendo a factores externos nuestra imposibilidad de hacer lo que tenemos que hacer. Excusas.

En la vida de pareja puede adoptarse un funcionamiento parecido: desoír las necesidades del otro, no tomar en serio sus deseos de que algo sea distinto, y no tomarnos el tiempo para hablarlo, discutirlo o negociarlo, es una forma de posponer los problemas. Ignorar las quejas o anhelos sólo implica falta de interés en el bienestar del otro, y por lo tanto, poco entusiasmo en vivir una buena vida en pareja.

A menudo, después de un tiempo de vivir en el “mañana lo haré”, y ese día no llegar nunca, suele ocurrir lo predecible, que la pareja se cansa de esperar, y sospechando lo improbable del cambio deseado, se acaba alejando emocionalmente, poco a poco, casi sin darse cuenta. Y entonces, su pareja descubre que apuró demasiado, y correrá a hacer, no motivado por su propia necesidad de cambio sino forzado por el miedo a la ruptura.


El problema es que se llega tarde. Cuando él llegó, ella ya se había ido.

Y entonces sueles oírles decir: ¡Pero si AHORA estoy haciendo lo que me pedía!

Sí, pero AHORA es tu Mañana y para ella tu ayer...Demasiado tarde.






sábado, 27 de febrero de 2016

CONDUCTAS CONTRAFÓBICAS

Manuel era un chaval que rondaba los dieciséis. Llegó a consulta después de mucho pensarlo. Había considerado infinidad de veces la posibilidad de visitar a un psicólogo pero los miedos le echaban atrás en último momento. Después de muchos intentos se atrevió a atreverse. Y digo esto porque el valor que hay que reunir para sentarse frente a un desconocido, sabiendo que esa cita no será una alegre charla de café, requiere mucho atrevimiento y más valor.

Llegó unos minutos antes de la hora y parecía inquieto. Su aspecto me chirriaba pero aún no sabía porqué. Me saludó de forma amable aunque nerviosa y entendí que su incomodidad era natural en un contexto así.

Atrajo mi atención sus intentos, más torpes que graciosos, para mostrarse simpático, porque contrastaban con una naturaleza más bien seria. Y entonces entendí: deseamos ser quiénes no somos, ni seremos. Ese es el drama.

Manuel acudió a terapia porque “quería cambiar”. Se describía como un chico serio en exceso, más bien introvertido, con pocos amigos, y anhelaba convertirse en alguien hablador, extrovertido, simpático y ocurrente, “un tipo divertido, vaya, de esos que gustan a todos,” según me dijo.

Sin ahondar más en el caso, cualquiera podía intuir que su objetivo no era realista. No se puede ir contra natura (ni falta que hace). Una persona introvertida, tímida en exceso, con dificultad para relacionarse y escasas habilidades sociales, probablemente nunca se convertirá en el rey de la fiesta, pero repito, ni-falta-que-hace. Ése fue nuestro trabajo en terapia.

Aceptar, que no resignarse, a ser quien se es, mejorando aquellos aspectos mejorables, es el mayor cambio terapéutico que se pueda soñar. Un auténtico desafío.

¿Dónde aprendió Manuel a desear ser otro? ¿Quiénes le animaron a rechazarse? ¿Qué admiraba de su ideal? ¿Era, de verdad, un deseo suyo, o bien lo tomó prestado de alguien? ¿De dónde sacó que los reyes de la fiesta “gustan a todos”?

Como suele ocurrir en estos casos, el problema de Manuel no era su timidez o seriedad, sino lo que él hacía con ella. Las acciones que llevaba a cabo para ocultarlas eran precisamente las que provocaban el alejamiento de los otros chicos, cuando no su rechazo. Las soluciones que intentó se convirtieron en el problema.

Manuel entendió mal “el cambio”, porque “hacer algo diferente” no significa “hacer todo lo contrario”.

En sus ganas por ser aceptado y reconocido por los demás chavales, Manuel se dirigía a ellos con actitud altiva, incluso fanfarrona. Buscaba cualquier oportunidad, aunque no se diera, para insertar un chiste o comentario jocoso, que no provocaba las risas esperadas, sino más bien, burlas y rechazo.

Pretendiendo ser, mostraba claramente lo que no era. No hay nada peor que impostar si uno no nació actor...Porque, sencillamente, chirría.






miércoles, 9 de diciembre de 2015

10 PASOS PARA LA IMBECILIDAD


¿Soy un buen candidato a imbécil...o ya ejerzo?


  1. Centra tu atención en aquellos consejos que se resuman en 10 pasos.
  2. Búscate un gurú (aunque no te lleve allí donde quieres ir, quizás te lleve al huerto...)
  3. Exige al mundo lo que tú no eres capaz de dar.
  4. Olvídate de las pequeñas cosas de la vida, las grandes lucen más.
  5. Empodérate aunque sólo sea gritando. La fortaleza debe ser eso.
  6. Opina de todo aunque no sepas de nada. Lo importante es decir lo que se piensa...y no pensar lo que se dice.
  7. Borra de tu vocabulario el “gracias o por favor”, te hará parecer que los demás te deben pleitesía.
  8. Hazte abanderado de cualquier cosa, creerás que eres alguien.
  9. Mírate al espejo y si no te gusta la imagen que te devuelve...¡apaga la luz!
  10. Si has llegado aquí, es que no has leído el primer punto...

Y si después de cumplir con estos sencillos pasos vuestro pecho no revienta de orgullo, no cejéis en el intento, seguid practicando, que el imbécil se está forjando...

(extraído de la obra “El elogio del imbécil, ese personaje que nunca soy yo”)




lunes, 19 de octubre de 2015

AUTOINCULPACIÓN MANIPULADORA

El marido de su esposa, que resultó ser él mismo, descubrió que lo era cuando ella se lo dijo.

Antes de eso, y según me contaron, creyó ser el hijo de su mujer, para desconcierto de su señora, que en realidad no era su madre sino su esposa.

Un lío, vaya.

Roberto parecía un hombre cualquiera, un tipo razonablemente normal. Sin embargo, cuando intuía que se avecinaba viento del Norte (y con él su mujer), entonces, ocurría algo extraordinario: Como en el cuento de Alicia, nuestro protagonista se encogía más y más hasta casi desaparecer. Ante semejante prodigio, la mujer, que minutos antes se diponía a discutir con cierta vehemencia, se quedaba muda y sin argumentos “discutibles”.

Su marido se la había vuelto a jugar haciendo aquello que se le daba bien, adelantarse estratégicamente y arremeter con el arma más poderosa en la batalla marital: La autoinculpación. Una treta mucho más potente que la rendición, porque le añade el dramatismo de quien se ataca y hiere a sí mismo, obligando al otro a calmarlo y protegerlo.

La escena, a lo bestia y resumiendo, podría ser ésta:

- ¡Ay, ay, ay, ay!
-  Ea, ea, ea, ea...

Nunca infravaloréis a vuestro oponente (si es que entráis en guerra), y mucho menos si éste se proclama claro vencedor entonando el “mea culpa”. Os desarmará con su aparente derrota antes de que la trifulca se inicie, porque en realidad su debilidad es su fuerza. Si sois compasivos caeréis en la trampa y no sólo callaréis aquello que necesitabais decir, sino que además os sentiréis culpables siquiera por haberlo pensado.

¿No merece este giro acrobático una auténtica ovación?

Y si además, vuestra pareja de baile es hábil en el arte de la indefensión, seréis vosotros quienes acabaréis defendiéndolo a capa y espada y disculpándoos por vuestro “mal hacer”.

Touché.

Un buen movimiento para un mal resultado, porque evitar discutir no resuelve, oculta.

Con el tiempo y mucho sufrimiento, la mujer descubrió la Táctica Infantil del Desertor y dejó de alimentarla. Por consiguiente, el niño no creció (¿o sí?) y su marido regresó a casa.


Y colorín colorado...éste es el cuento que te he contado.





lunes, 7 de septiembre de 2015

DRAMÁTICAMENTE CÓMICO

Es curioso, puede que nos pasemos la vida acumulando años y soplando velas y no por ello crezcamos. Hacerse viejo no es sinónimo de madurez. Corren por ahí niños atrapados en cuerpos ya vividos y adolescentes desafiando a las arrugas y a los michelines. Es un espectáculo tragicómico, ¿no? A mí me lo parece. ¿ESTAR donde uno no ES dónde te sitúa?

No estoy hablando de espíritus jóvenes encerrados en cuerpos burlados por el paso del tiempo, sino en adultos que no lo son porque crecer les queda grande.

Observo con pasmosa inquietud escenas que antes veía con cierta gracia. Quizás esté envejeciendo mientras el mundo rejuvenece...Las nuevas tecnologías empujan sin miramientos hacia una forma de relacionarnos extremadamente pueril. En mi opinión, claro.

No voy a negar las excelencias de la era digital, sólo señalar sus obscenas a la vez que divertidas formas de enredarnos en un mundo disparatado por lo infantil y bobo.

Cuando oigo a personas de cierta edad relatar con absoluta seriedad su drama mayúsculo por haber sido expulsadas de algún grupo de WhatsApp, me pregunto si mi respuesta ha de ser igual de solemne.
Podría ponerme seria y justificar esa reacción infantil y desproporcionada normalizándola, acusando al miedo natural que nos suscita la mirada escrutadora de los otros, la lógica sensación punzante del rechazo (¿o de la soberbia?) al saberse expulsado, y la rabia justificada al constatar la complicidad pasiva de los llamados “amigos”. Podría decir todo eso para tranquilizar, sí, pero no sería sensato ni terapéutico, ni sano. A pesar de que es rematadamente cierto.

Como también lo es vivir un drama donde se actúa una comedia y no darse cuenta.
A menudo somos más víctimas de nosotros mismos que de nuestras circunstancias.Y si no somos capaces de verlo, lloraremos en lugar de reír.

Por más miles de años que el ser humano sople velas, hay algo que no cambia aunque se esfuerce: Queremos pertenecer al grupo a la vez que nos encanta ser individuos únicos. Un amargo equilibrio que no se endulza con el paso de los milenios. Mira tú por donde, mucha tecnología de última generación y seguimos buscando lo mismo que nuestros ancestros los monos.

No llevamos bien que nos expulsen del paraíso, y eso enciende las más apasionadas de las reacciones. Los dramas cósmicos empequeñecen al lado de una inmisericorde expulsión.

Y nos las tomamos tan en serio que pedimos a gritos que nos inunden de programas televisivos donde se “nomine a alguien”, ansiosos por sufrirlo o celebrarlo según la simpatía que nos suscite el desafortunado de turno.


Tiene gracia (o no)